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El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) que se detecta en la infancia se mantiene en la adolescencia en el 65 por ciento de los casos, afectando a diversos aspectos vitales como son los resultados académicos, la dificultad para relacionarse y el consumo de tóxicos. Así, el adolescente que sufre TDAH duplica las posibilidades de ser detenido y aumenta en un 78 por ciento el riesgo de ser fumador, según las conclusiones del seminario "Crecer con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad: el paciente adolescente. Una historia multifacética", organizado por la compañía de productos farmacéuticos Lilly. Los expertos han explicado que en estos adolescentes se multiplica por cuatro el riesgo de padecer una enfermedad de transmisión sexual y se triplica la probabilidad de estar desempleado. Además en la adolescencia los síntomas esenciales del TDAH evolucionan y se muestran de manera diferente respecto a la infancia, ya que disminuye la hiperactividad en apariencia, pero lo que realmente ocurre es que el adolescente la interioriza, lo que se traduce en sentimiento de desazón interna. El déficit de atención se acentúa y se presenta con conductas de evitación o fobias ante actividades de esfuerzo cognitivo o que exijan planificación por pasos. Según el desarrollo del carácter, la impulsividad se traduce como síntoma neurótico (depresión, ansiedad) o como tendencia disocial (delitos, fugas, drogas, sexo precoz). Asimismo, en las jornadas se ha destacado el elevado factor genético de la aparición del TDAH, ya que según datos científicos actuales, es la genética la que determina que un niño desarrolle este trastorno. En concreto, cuando se diagnostica que un niño tiene TDAH, existe un 25 por ciento de posibilidades de que sus padres también lo tengan, aunque los adultos con TDAH tienen un 50 por ciento de probabilidad de que sus hijos también lo desarrollen. A pesar de ello, hay factores ambientales que modulan o agravan su situación como es el caso del consumo de tóxicos durante el embarazo (tabaco y drogas), que incrementa cinco veces más el riesgo de que el niño tenga TDAH.
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